Ya tanto se ha estudiado y escrito sobre él que es difícil agregar algún dato significativo. Es al parecer para algunos de nosotros solo un pequeño objeto parte del decorado que techa nuestras vidas. Tal es así que inclusive a veces nadie advierte su invalorable presencia. Es, por otro lado, adorado y venerado por muchos pueblos antiguos en todo el globo y esto, dicen, ayuda a explicar algunas de las deidades del presente. Se lo acusa a su vez de causar varios de los males que aquejan a la tierra y muchas veces se aconseja tomar recaudos a la hora de recibir su luz. Es también esto y aquello porque es siempre susceptible de algún comentario y he aquí, en este relato, quizás solo uno más de ellos.
Resulta que quien escribe estas líneas había salido a darle circulación y oxígeno a la sangre una tarde de verano junto al mar que baña costas vecinas. Ya empapada de sudor la remera me disponía a retirarme cuando esa deslumbrante postal me encandiló obligando a mis piernas detener su paso fugitivo. Sí, de repente ahí estaba él. Inmenso, extraordinario, aunque tan lejano divinamente visible por su luminosidad. Allá, en algún sitio del que nos separan años de distancia, él se ocultaba. Como una colosal moneda de oro entrando muy lentamente en alguna suave y acogedora ranura de agua. Su descenso era parsimonioso y apacible, casi como una reverencia de esas que cierran un largo acto. Y, en algún punto, de hecho, sospeché que él nos estaba mirando, perfectamente conciente de estar brindando un único y maravilloso espectáculo. Comprobé luego que finalmente así era. Cuando en aquel asombroso horizonte solo quedaban pequeños rastros de su presencia en una fantástica paleta de colores con preeminencia de amarillos y anaranjados, quienes asistían emocionados a ese regalo visual de la naturaleza, victimas de su encanto, rompieron en cálidos y sentidos aplausos.
Como con tantas otras exquisiteces de la vida que uno mucho ve, pero poco mira y menos nota, quedé felizmente azorado.
Boquiabierto como me encontraba y como si aquello hubiera sido poco, al girar sobre mí mismo en retirada, la vi a ella, la reina de la noche. Vino a despedirlo y planeaba quedarse. Creo que se sintió celosa...
SOLVER
domingo, 4 de enero de 2009
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