Desconfiando de mis ojos doy unos pasos más para asegurarme y constato lo que creí haber visto. A continuación empiezo a experimentar una serie de raros síntomas. Primero un agobiante nudo en la garganta seguido de una continua y desesperante necesidad de tragar saliva.
Segundo, un agudo dolor en el estomago, quizás nauseas y el inmediato rechazo al exquisito aroma arrojado por panes de manteca recién horneados.
Probablemente ceguera. Recorrí inútilmente 6 veces la misma góndola en la que delante de mis ojos se encontraban siempre las servilletas que no lograba encontrar. Acorralado por mis pensamientos.
Probablemente sordera. Nada de lo que mis padres decían era registrado por mis oídos aun cuando se dirigían hacia mi. Anulado por mi tormento.
Profunda irritabilidad seguida de ira. Conducir el auto que me llevaba a “casa” fue una verdadera cruzada callejera. Más de un transeúnte, más de varios automovilistas me oyeron maldecir.
Me tiembla el pulso a la hora de escribir, me recorre una profunda sensación de angustia y dolor corporal, los hombros me pesan, siento presión en los oídos, contraídos los músculos, transpirada la frente.
Es como si algo en lo mas profundo de mi se hubiese desgarrado, como una profunda y muy reciente herida en el alma, como un puñal que llega a las entrañas.
Ninguna de estas sensaciones han sido experimentadas por mi al menos en los últimos 5 años. Lógicamente ya las había olvidado.
Que es lo que ha sucedido? Simple, acabo de ver en el estacionamiento del supermercado a la chica en la que he estado pensando, desde el abrir de mis ojos hoy, subirse al auto de un joven y bello hombre, no es su hermano.
Ya en casa, luego de haberme peleado con el teléfono que se rehusó caprichosamente a satisfacer mis ordenes, desesperado, le grito al espejo... En hora buena y por suerte nene, estás vivo!
SOLVER
domingo, 18 de enero de 2009
domingo, 4 de enero de 2009
Único Rey
Ya tanto se ha estudiado y escrito sobre él que es difícil agregar algún dato significativo. Es al parecer para algunos de nosotros solo un pequeño objeto parte del decorado que techa nuestras vidas. Tal es así que inclusive a veces nadie advierte su invalorable presencia. Es, por otro lado, adorado y venerado por muchos pueblos antiguos en todo el globo y esto, dicen, ayuda a explicar algunas de las deidades del presente. Se lo acusa a su vez de causar varios de los males que aquejan a la tierra y muchas veces se aconseja tomar recaudos a la hora de recibir su luz. Es también esto y aquello porque es siempre susceptible de algún comentario y he aquí, en este relato, quizás solo uno más de ellos.
Resulta que quien escribe estas líneas había salido a darle circulación y oxígeno a la sangre una tarde de verano junto al mar que baña costas vecinas. Ya empapada de sudor la remera me disponía a retirarme cuando esa deslumbrante postal me encandiló obligando a mis piernas detener su paso fugitivo. Sí, de repente ahí estaba él. Inmenso, extraordinario, aunque tan lejano divinamente visible por su luminosidad. Allá, en algún sitio del que nos separan años de distancia, él se ocultaba. Como una colosal moneda de oro entrando muy lentamente en alguna suave y acogedora ranura de agua. Su descenso era parsimonioso y apacible, casi como una reverencia de esas que cierran un largo acto. Y, en algún punto, de hecho, sospeché que él nos estaba mirando, perfectamente conciente de estar brindando un único y maravilloso espectáculo. Comprobé luego que finalmente así era. Cuando en aquel asombroso horizonte solo quedaban pequeños rastros de su presencia en una fantástica paleta de colores con preeminencia de amarillos y anaranjados, quienes asistían emocionados a ese regalo visual de la naturaleza, victimas de su encanto, rompieron en cálidos y sentidos aplausos.
Como con tantas otras exquisiteces de la vida que uno mucho ve, pero poco mira y menos nota, quedé felizmente azorado.
Boquiabierto como me encontraba y como si aquello hubiera sido poco, al girar sobre mí mismo en retirada, la vi a ella, la reina de la noche. Vino a despedirlo y planeaba quedarse. Creo que se sintió celosa...
SOLVER
Resulta que quien escribe estas líneas había salido a darle circulación y oxígeno a la sangre una tarde de verano junto al mar que baña costas vecinas. Ya empapada de sudor la remera me disponía a retirarme cuando esa deslumbrante postal me encandiló obligando a mis piernas detener su paso fugitivo. Sí, de repente ahí estaba él. Inmenso, extraordinario, aunque tan lejano divinamente visible por su luminosidad. Allá, en algún sitio del que nos separan años de distancia, él se ocultaba. Como una colosal moneda de oro entrando muy lentamente en alguna suave y acogedora ranura de agua. Su descenso era parsimonioso y apacible, casi como una reverencia de esas que cierran un largo acto. Y, en algún punto, de hecho, sospeché que él nos estaba mirando, perfectamente conciente de estar brindando un único y maravilloso espectáculo. Comprobé luego que finalmente así era. Cuando en aquel asombroso horizonte solo quedaban pequeños rastros de su presencia en una fantástica paleta de colores con preeminencia de amarillos y anaranjados, quienes asistían emocionados a ese regalo visual de la naturaleza, victimas de su encanto, rompieron en cálidos y sentidos aplausos.
Como con tantas otras exquisiteces de la vida que uno mucho ve, pero poco mira y menos nota, quedé felizmente azorado.
Boquiabierto como me encontraba y como si aquello hubiera sido poco, al girar sobre mí mismo en retirada, la vi a ella, la reina de la noche. Vino a despedirlo y planeaba quedarse. Creo que se sintió celosa...
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