martes, 5 de mayo de 2009

Palermo

Me asombra como en ocasiones el cuerpo revive lugares que la memoria ya daba por perdidos.
Me había sucedido cuando tuve la oportunidad de volver al barrio donde transcurrió una pequeña parte de mi infancia, veredas que hacía décadas que no caminaba. Volver a percibir el aroma agreste de los eucaliptos en verano, el canto de las chicharras en perfecta sincronía, el sol de las sierras cegándome e iluminando mi rostro; en su conjunto pudieron volver a la vida un lugar que mi memoria había archivado hace varios años ya.
Unos días atrás me sucedió algo similar. En este caso fue el bullicio del barrio de la capital, el color de los taxis y colectivos, concreto y asfalto, cigarros y café. Cada barrio tiene su propia identidad, su lenguaje o dialecto, su color y su mirada. Y lo que uno vive en sus calles irremediablemente sentenciará lo que sentimos cuando pasamos unos instantes en el. En mi caso es Palermo, su mezcla de bohemia cosmopolita y vanguardia europea decadente despierta en mí recuerdos que a fuerzas de sustancias y amantes intente borrar forzosamente durante meses, no puedo ni recordar cuantos…
Hace unas horas el caprichoso recorrido de un interno de la línea 93 me introdujo nuevamente en sus fauces, y acompañado de viejas melodías fui testigo de mis noches de insomnio y humo, quemando combustible sin sentido, buscando encontrarla caminando una vereda sin prisa, disfrutando del protector manto nocturno en el que solíamos estrechar nuestros cuerpos y almas.
Me avergüenza contar que repetí dicha costumbre por jornadas infinitas, perseguido por la premisa de algún día olvidar su rostro, su voz, su indiferencia característica, sus pesadillas, su pasado. Cada noche me sentía más lejano de su vida, y aun más furtivo en la mía; una especie de rutinario espectro caminando por las calles, buscando una mirada ahogada en la muchedumbre, que no aparecía. Caía rendido en la madrugada y con las pocas fuerzas restantes buscaba refugio, para la noche siguiente reiniciar la desesperante búsqueda. Tras cientos de infructuosos intentos, decidí abandonar mi terquedad y resignarme al olvido.
Y así pasaron años…
Sin embargo pude notar que el rostro que se esfumó de mi memoria fue reemplazado por otros aromas, sonidos y ruidos, voces, colores, sombras, miradas; la vida que olvidé y resigné vuelve a mí, cada día y cada noche que camino por las veredas de Palermo.

SOLVER